Por: Adriana Palacio

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Fotografías por Carolina Arroyave

Me asomo a este espejo de forma soslayada, muy de ladito, no de frente como solemos mirarnos ante los espejos que encontramos a nuestro paso. Estoy debutando en el arte de escribir y hacerlo aquí es un sueño hecho realidad y a su vez enfrentar uno de mis más grandes miedos, ser leída por otros, someterme a su escrutinio. Pero en fin, si a mis cincuenta años no empiezo a hacer lo que siempre he querido, para cuándo lo pienso dejar?

Aclaro, no soy escritora, ni periodista, ni experta en moda o en belleza, si acaso soy una experta en ser “cara pálida” como alguna vez una compañera de la universidad me llamó creyendo que estaba insultándome.

Me presento ante ustedes con mis mejores galas, con mi “blancura perlada” como una de mis amigas la bautizó. Cuido mi tonalidad “original de fábrica” como uno de mis mayores tesoros, le huyo al sol como si fuera el enemigo público y creo que muchos me consideran un poco sicópata porque no disfruto la playa, las piscinas, asolearme ni calcinarme para coger colorcito de australiana surfera o modelo de bronceador (anaranjado o terracota). Es más, cuando decido (me toca) ir a lugares con asoleada incluída regreso más pálida de lo que me fui.

Apenas me estoy familiarizando con los baños de luna y sus encantos pero los prefiero una y mil veces sobre los baños de sol y sus devastadores efectos: arrugas, envejecimiento prematuro, manchas, pecas, melanoma maligno y ni para que seguir.

Mea culpa, abusé del astro rey hasta los veinte años cuando me salieron unas manchitas blancas en las piernas y el diagnóstico fue un principio de vitiligo – no sé si es una herejía médica usar esta expresión-, pero es lo que recuerdo dijo el doctor cuando fui a consulta por los aparentes hongos que me salieron al regresar del consabido paseo familiar a Coveñas.  Lo peor fue que el tratamiento para las manchas adquiridas por mis frenéticas asoleadas de piernas en los recreos del colegio, en el balcón y patio de mi casa, en los paseos y en cualquier lugar donde pudiera broncearme, fue tener que usar una crema que me hizo descamar como seis meses seguidos. Producto de dicha descamación y sus desagradables efectos a la vista tuve que archivar las minifaldas por un buen tiempo y mis piernas firmes y torneadas  propias de la juventud quedaron confinadas a los pantalones y jeans de la época.

Gracias a este episodio y a los artículos de las revistas de la época que empezaron a prevenir sobre los efectos nocivos y daños colaterales causados por la exposición a los rayos ultravioleta empezó mi fobia al sol, al trópico, al calor, a todo aquello que amenazara mi piel, mi tonalidad original.

Antes de entrar al universo de Espejos en el Ático y las rutinas Porcelana Glam no había conocido a alguien que cuidara y atesorara su palidez como yo. Encontré una gran coincidencia en el tema estético y en la ponderación de la palidez, la piel de porcelana y todo aquello que la orbita. Et voilà, aquí estoy empezando a escribir!

Luego les contaré cómo me inspiran la belleza y la estética; y como vibra y se conmueve mi alma con las notas armónicas que de aquellas brotan.

Espero sigamos palideciendo juntos!

 

 

 

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